Algo de historia

La primera Conferencia Internacional sobre medio ambiente tuvo lugar en 1972, en Estocolmo, para analizar el impacto del desarrollo en la naturaleza. En esta cita se acordó que cada diez años debía celebrarse una Cumbre de la Tierra. Nairobi fue el escenario elegido en 1982 para que se desarrollara la segunda cumbre internacional, aunque no se consiguieron resultados significativos. Una década más tarde, la Cumbre de la Tierra volvió a reunir en Río  a la comunidad internacional.

 

Discutir el concepto de desarrollo sostenible y frenar el  proceso de destrucción del planeta fueron los principales temas que se abordaron en la Conferencia que tuvo lugar en 1992 en Río de Janeiro. Bajo el nombre de IIª Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo Humano, el encuentro se convirtió en la mayor reunión de jefes de estado en la historia de la humanidad. La denominada sociedad civil también participó en este acontecimiento a través de más de 9.000 ONGs que estuvieron presentes en los principales eventos de la cumbre: la Cúpula de la Tierra y el Foro Global, embrión de una sociedad civil global que se ha ido desarrollando desde entonces con algunos intentos de actuación frente al modelo neoliberal que impera en el mundo.

 

Agenda 21

De todas las convenciones, acuerdos y protocolos firmados en Río-92, el documento más importante fué la Agenda 21, un ambicioso proyecto que planteaba por primera vez  la necesidad de promover a nivel global un nuevo sistema de desarrollo sostenible que garantizase la protección medioambiental, la justicia social y la eficiencia económica. El documento establece un protocolo de intenciones y acciones que deben ser cumplidas a lo largo del siglo XXI por los 179 países que suscribieron cada uno de los 40 capítulos de los que consta la Agenda 21. Este plan de acción global contiene más de 2.500 recomendaciones para alcanzar el desarrollo sostenible, entendido como “el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas” (Nuestro futuro común: Informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo -Informe Brundtland, 1987).

 

Dos años más tarde, sin embargo, se creó la Organización Mundial del Comercio (OMC) cuyos acuerdos tienen carácter vinculante, a diferencia de los de Río que solo son indicativos,  y su incumplimiento acarrea sanciones económicas y comerciales a los países. Hay que señalar, en este marco, que muchas de las disposiciones de la OMC son contradictorias con el espíritu de la Agenda 21, hecho que junto al denominado Consenso de Monterrey, que desestimó el compromiso alcanzado en Río de dedicar el 0’7% del PIB a la Ayuda Oficial al desarrollo,  puede ayudar a comprender los escasos avances realizados entre Río y Johannesburgo.  El Global Environment Facility (GEF), instrumento económico para la aplicación de la Agenda 21 no llega siquiera a los 5.000 millones de dólares de presupuesto anual, menos del 10% del compromiso de Río.

 

Otros compromisos de Río

En la Cumbre de Río se suscribieron otros instrumentos jurídicos internacionales como la Declaración de Principios Forestales, la Convención sobre Biodiversidad Biológica, y la Convención sobre Cambio Climático, con la excepción de Estados Unidos, que no suscribió las dos últimas.

 

Unos años después, en la Cumbre del Clima de Kyoto, en 1997, se consiguieron finalmente algunos tímidos compromisos concretos. El calendario de actuación contra el cambio climático del planeta está recogido en el protocolo que desarrollaba el Convenio Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que establece una reducción, entre 2008 y 2012, de las emisiones de los gases que causan del efecto invernadero. El protocolo de Kyoto que ha sido ratificado hasta el momento por 76 países, con la escandalosa excepción de EEUU, Canadá y Australia, establece una reducción de los gases que producen el efecto invernadero hasta un nivel no mayor del 95% de los niveles de emisión en 1990.

 

Malmö

Patrocinado por el PNUMA, y con el Gobierno de Suecia como anfitrión, en mayo del año 2000 se celebró en Malmö (Suecia), el “Primer Foro Global Ministerial de Medio Ambiente“, Más de 100 ministros del medio ambiente de todo el mundo, incluyendo a nueve ministros y viceministros de América Latina y el Caribe, se reunieron para revisar algunos temas ambientales emergentes, y para  definir la agenda global para el medio ambiente y el desarrollo sostenible del siglo XXI.

 

RIO + 10

Diez años más tarde de la cita de Río, en la Cumbre Mundial para el Desarrollo Sostenible de Johannesburgo de 2002, más conocida como Río + 10, se puso de manifiesto que los acuerdos alcanzados diez años antes ni tan siquiera habían sido iniciados (Informe de Naciones Unidas sobre la aplicación de la Agenda 21).

 

Del 26 de agosto al 4 de septiembre se estudiaron mecanismos para la aplicación concreta de la Agenda 21, y se abordaron temas clave como Salud, Biodiversidad y ecosistemas, Agricultura, Agua y saneamiento, Energía y Mecanismos de implementación (WEHAB). Sin embargo, y aunque se reafirmaron los principios de Río y la Agenda 21 (Declaración de Johannesburgo sobre el Desarrollo Sostenible), apenas se avanzó en el desarrollo de metas y plazos concretos (Plan de Aplicación de las Decisiones de la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible).

 

En la introducción del Plan de Aplicación, se afirma que la erradicación de la pobreza “y la modificación de las modalidades insostenibles de producción y consumo, así como la protección y ordenación de la base de recursos naturales del desarrollo económico y social, son objetivos generales y requisitos esenciales del desarrollo sostenible.” A lo largo de sus once capítulos, se abordan temas relacionados con la erradicación de la pobreza, el cambio en los patrones de consumo, la protección y gestión de los recursos naturales, la sustentabilidad en un mundo globalizado, la salud, el desarrollo sostenible en las pequeñas islas en desarrollo, el desarrollo sostenible en África y otras iniciativas regionales, y los mecanismos de implementación.

 

La Agenda Local 21 y Johannesburgo

En el último capítulo del Plan se manifiesta la necesidad de mejorar “el papel y la capacidad de las autoridades locales, así como de los diversos interesados, en la ejecución del Programa 21 y la aplicación de las conclusiones de la Cumbre y en el fortalecimiento del apoyo permanente de los programas de aplicación local del programa 21 y otras iniciativas y alianzas conexas y alentar, en particular, las asociaciones entre las autoridades locales y los demás niveles de la administración y las partes interesadas con el fin de avanzar hacia el desarrollo sostenible, como se pide, entre otras cosas, en el Programa Habitat” (167).

 

Aunque en la Declaración de los gobiernos locales ante la Cumbre de Johannesburgo (30 Agosto 2002) podemos leer el compromiso de desarrollar  “un gobierno transparente y eficaz en el que se tome en cuenta la participación y liderazgo de la ciudadanía trabajando conjuntamente con las agrupaciones cívicas y con el sector privado, y que  se ha de asegurar igualmente, la participación por igual de la mujer y del hombre así como el involucramiento de los sectores menos aventajados. “, en el Plan de Aplicación se aprecia en general, un debilitamiento de intenciones respecto a la participación de la sociedad civil, que en muchos casos ha desaparecido con respecto a las propuestas iniciales.

 

Lejos queda la afirmación realizada en la Declaración de Lisboa, respecto al papel facilitador de las autoridades locales en el proceso de participación:  “Nuestra autoridad local debe despojarse de su actitud soberana y adoptar el papel de facilitador, proporcionando el ímpetu necesario en la medida en que no haya sido desarrollado por otras partes, dedicar personal y proporcionar un presupuesto, utilizar un mediador profesional y mostrar liderazgo, pero no dominar el proceso.”

 

La Cumbre de Johannesburgo confirmó la incapacidad, la falta de valor y el débil liderazgo que ofrecen los gobiernos ante la necesidad de avanzar hacia otro modelo de desarrollo. La fractura entre las demandas y propuestas de la sociedad civil y la respuesta de las instituciones era evidente. Desde 1992, cuando se cuantificó la puesta en marcha de la Agenda 21 en 600 mil millones de dólares anuales, en Johannesburgo, diez años después,  no se había llegado siquiera al 10%.

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