La Red

La RED CIMAS somos un grupo de profesionales de distintas disciplinas, comprometidos con una permanente transformación social.

DESDE LOS SÍNTOMAS…

La experiencia en los barrios, los hospitales, con los movimientos sociales, etc. desde la década de los 70 en adelante es el punto de partida de lo que años más tarde será el Observatorio Internacional de Ciudadanía y Medio Ambiente Sostenible. Entonces se hablaba mucho de “escuelas de democracia” refiriéndose a lo que hacíamos en distintas asociaciones, en las acciones contra la dictadura, en los escritos que hacíamos por las libertades o en los seminarios de formación en cualquier barrio o entidad que lo permitiera y nos diera cobijo. Pero entonces apenas supimos aprender de lo mucho que hacíamos. Ha sido con los años cuando hemos ido reflexionando que hacíamos cosas tan interesantes porque teníamos un método intuitivo, o quizás una predisposición creativa de la que no éramos muy conscientes. Y es en los años 90 cuando fuimos capaces de reflexionar y ponernos de nuevo en práctica para relanzar estas “escuelas”, ahora con una metodología más concreta y más flexible también.

 

La filosofía presocrática hablaba de los cuatro elementos de que está compuesta la Naturaleza: la tierra (lo sólido), el agua (lo líquido), el fuego (lo seco) y el aire (lo gaseoso). Posteriormente se añade un quinto elemento que es el éter, que también se puede identificar con el aire, con lo vacío, lo que media entre la tierra y el cielo. Cuando se conversa con la gente que construyeron y habitaron los barrios de la periferia urbana y metropolitana de nuestras ciudades, allá por las décadas de los sesenta y setenta, también mencionan algunos componentes de esos mitos fundacionales de las ciudades y de las ciudadanías. Son elementos esenciales a la vez que contradictorios: los elementos sólidos, como el suelo de la parcela (ajeno, ocupado o comprado) en la que construyeron su casita, o la solidaridad y participación de los vecinos y vecinas, bases sólidas sobre las que construir; lo líquido, como el agua que se filtraba por las paredes y embarraba las calles cuando llovía, o la que consiguieron canalizar hasta sus viviendas con luchas vecinales; lo seco, como el calor inclemente del verano o la lumbre, alrededor de la cual hablaban, se acompañaban y hacían planes los vecinos; y lo gaseoso o el éter, que era aquél enorme vacío que había entre su barrio y la ciudad, o el que había que llenar de planes entre “lo que había” y la utopía, o la etérea dignidad, tan sentida, de la que constantemente hablaban, pero que apenas se atrevían a definir con algunos términos balbuceantes.

 

En el juego dialéctico de estos y otros elementos, hemos aprendido a comprender cómo los procesos populares de construcción de las ciudades dieron la ciudadanía a sus habitantes: eran ciudadanos en tanto participaban en el proceso de construcción de la ciudad. Ganaron la ciudadanía que la dictadura les negaba y se formaron en el ejercicio de una política más avanzada que la que el régimen democrático vino posteriormente a establecer. Y nosotros aprendimos con la gente que en la medida en que nos construimos como ciudadanos estamos haciendo ciudad y mejor vivir. Pero ahora ya con una metodología y unas propuestas para no andar dando demasiados palos de ciego, al menos sabiendo que no es lo que hemos de hacer.

 

Actualmente vemos síntomas que nos indican que ese concepto de ciudadanía está en clara desarticulación y transformación. Aquí van algunos.

  • La centralidad del factor trabajo y de la norma salarial, en nuestras sociedades industrializadas, procuraron un cierto bienestar, que se va evaporando en la medida en que se desestructura aquél y en la medida en la que deja de ser el vínculo que unía a los trabajadores con el acceso a los derechos ciudadanos. Del discurso del bienestar hemos pasado a los discursos de la amenaza, del riesgo, de la inseguridad.
  • Las tecnópolis que construye la globalización productiva no crean una nueva ciudadanía más sólida y solidaria, no crean ciudadanos activos y solidarios, sino que dan cuenta de la desarticulación de espacios y sectores sociales, con territorios de exclusión para que habiten los excluidos, con intersticios de la realidad en los que desaparecen en una suerte de “dimensión Matrix” los desheredados de la globalización, los que no tienen nombre ni “están contados” (censados). Los muros y alambreras son cada vez más numerosos, separan y retienen a los excluidos, mientras que las mercancías  y efectivos financieros circulan con una libertad globalizada.
  • Acompañando al anterior punto, el modelo de sociedad de consumo y de estilos de vida sustituyen a los procesos anteriores de construcción de ciudadanía: ahora el vacío que media entre nuestra vida presente (lo que somos) y la utopía (los deseos) nos dicen que hay que llenarlo consumiendo, con la paradoja  de que cuanto más consumimos más lejos estamos de satisfacernos y más deseos aparecen. El mercado hace una apelación individualizada al consumo y sin embargo, en la liturgia que da cuenta de este rito social, nos encontramos grandes masas con los mismos gustos y similares pretensiones, masas conformadas clónicamente por la publicidad. Se habla del enorme poder de los consumidores, pero en la individualización de sus acciones consumistas no es posible la construcción de una ciudadanía; hay que pensar en otros modelos de consumo posibles.
  • Para hacer frente a algún terrorismo (parece que este término es unívoco) se opta por la reducción, cuando no la eliminación, de derechos ciudadanos, sociales y políticos, se justifica la pérdida de ciudadanía y se dictan leyes que suprimen las conquistas acumuladas por décadas (como la “Patriot Act”).
  • En la biosfera vamos observando síntomas que dan cuenta de los límites de estos modelos de producción y de consumo. Hay desastres humanos que se califican por los medios de comunicación como desastres naturales. Si construimos así el concepto estamos abocándonos a la resignación, porque si es natural que sucedan las catástrofes, nadie se preguntará por qué un terremoto, dependiendo de dónde se produzca, causará altas pérdidas de vidas y apenas costes materiales o altos costes materiales y apenas pérdidas de vidas humanas; un titular que habla de “niños muertos por la sequía”, nos hará resignarnos por la suerte de los que habitan lugares secos. Pero la sequía no mata, lo que mata es la falta de agua, el hambre, la incapacidad, la estupidez y la codicia humanas… y esto no son elementos propios de la naturaleza.

 

Sin embargo, y también de una manera paradójica, apreciamos el regreso de las tribus, con nuevos comunitarismos que construyen numerosos nosotro/as y que dan cuenta de procesos, a veces menos visibles, pero también creadores de identidad, de nuevas ciudadanías. El concepto de red acompañado de los de horizontalidad y autonomía, están presentes en estas nuevas formas de articulación de las iniciativas ciudadanas, de los nuevos movimientos sociales, que desde hace algunas décadas se interesan por pensarse a sí mismos.

Algunos de los que ahora estamos en la Red CIMAS ya participamos en Madrid, allá por el año 1992, en el Congreso Internacional de Movimientos Sociales.

Los Foros Sociales Mundiales que se han celebrado en Porto alegre, y que ahora se descentralizan en varios continentes, se han convertido en  grandes referentes de estos encuentros de los movimientos sociales, y en general de la sociedad civil organizada. En su seno hemos estado debatiendo la oportunidad de construir una Universidad Popular de los Movimientos Sociales, Redes de Conocimiento y Escuelas de Ciudadanía.

 

DESDE LAS CIENCIAS SOCIALES… 

Cuando el investigador o el técnico de las Ciencias Sociales se encuentra indagando/actuando sobre la materia que le es propia, está inmerso en un proceso reflexivo y paradójico: indaga e interviene en aquello de lo que forma parte; por lo tanto, todo este conocimiento es a la vez auto-conocimiento.  Cuando, desde una perspectiva crítica, el técnico o investigador de las Ciencias Sociales se propone aplicar los saberes de este campo del conocimiento a la transformación de la realidad, se plantea numerosas preguntas y a no pocas de ellas ha de renunciar a encontrarles solución. Sin embargo, si demora el comenzar su labor transformadora hasta encontrar las respuestas, entrará en campo yermo y le pasará igual que al ciempiés de la parábola, que pensaba y pensaba qué pata movería en primer lugar para iniciar el movimiento y en ello pasaba el tiempo sin que se desplazase del lugar en que se encontraba; su meditación era estéril, in-movilizadora.

 

La constante división del trabajo entre investigadores e interventores parece que pretende también expropiarles a ambos sus capacidades: al primero el actuar y transformar y al otro el pensar y conocer. Pero esta división es espuria e inútil, porque el propio proceso de indagar está modificando aquello que se investiga, como también las intervenciones conllevan unas determinadas intenciones y, por lo tanto, un planteamiento ideológico subyacente y… ¡ya apareció la dichosa palabra ideología!, tan cargada de sí misma.

 

Si bien es cierto que el trabajador de las Ciencias Sociales no va a encontrarle respuesta a algunas preguntas iniciales de su tarea, no es menos cierto que no han de renunciar a planteárselas y darles repuesta (no absoluta, sino en proceso, es decir, modificable, en construcción). Porque de las repuestas iniciales va a depender el proceso posterior de su labor. Las preguntas han de ser las pertinentes y han de ser radicales, han de ir a la raíz del problema.

 

Como nos hace ver Boaventura de Sousa Santos[1] (2003), si históricamente el modo de pensamiento científico se ha preocupado, sobre todo, de encontrar respuestas al cómo y al por qué sucedían los fenómenos, al funcionamiento de la naturaleza, otro modo de pensamiento y de actuación, el conocimiento o sentido común, se ha preocupado y ocupado de dar respuestas al para qué de esos fenómenos, a las aplicaciones que pudieran tener el conocimiento para la resolución de los problemas comunes de la gente. A pesar de que este modo de pensamiento, este método de conocimiento, no sea considerado ni científico ni riguroso, sin embargo ha resuelto no pocos problemas de la vida cotidiana de la gente y ha supuesto la base observadora de teorías científicas. Es por este tipo de ciencia operativa y transformadora por donde nos orientamos.

 

También hay otra pregunta que no siempre se plantea de manera explícita: el para quién del conocimiento. Y es haciéndonos esta pregunta como encontramos que, mientras los resultados del sentido o conocimiento común se han construido en lenguaje y con tecnologías adecuadas para su apropiación de una manera muy igualitaria por el común, por el pueblo, sin embargo los resultados obtenidos por la Ciencia han servido habitualmente a aquellos sectores de la sociedad que, controlando los poderes de distinto tipo (económico-financiero, militar, tecnológico, del conocimiento, de decisión, etc.), han hecho un uso interesado, cruel e insolidario de ellos. Porque aunque no se haga explícita la intención indagadora, ésta estará cargada (se sea consciente o no) de una ideología, que cuando no se reflexiona sobre ella suele estar al servicio del poder dominante.

 

El camino recorrido por las ciencias sociales se cruza constantemente con procesos que las hacen reflexionar y, en ocasiones, modificar su trayectoria. Pero esto no es tan común como sería de desear. Los movimientos sociales y aquellas ciencias sociales que reflexionan desde postulados críticos tampoco se han sabido reforzar cuando los contextos de crisis podían haberlos enriquecido. Las ciencias sociales (también las críticas), por su tendencia a albergarse en el confortable y nutricio seno de la Academia y los movimientos sociales, tal vez condicionados por la urgencia de cada momento o por sus procesos internos, por no reconocer las coincidencias y potencialidades de aquéllas.

 


[1] SANTOS, Boaventura de Sousa (2003): Crítica de la razón indolente. Contra el desperdicio de la experiencia. Bilbao, Ed. Desclée de Brouwert

 

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